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  • TONIO L. ALARCÓN

    Periodista, comunicador y crítico de cine

     
  • Al caer la noche: Terror catódico americano 1970-1981

    Mi nuevo libro sobre cine, ya a la venta

  • Cursos The Cine 2018

    Alienígenas en el cine + Drácula y otros chupasangres + El planeta de los simios

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Experto en

Con más de dos décadas ejerciendo como periodista, comunicador y docente, soy capaz de ofrecer registros profesionales muy distintos.

Crítico cinematográfico

Me he fogueado profesionalmente en publicaciones con tanto prestigio como Dirigido Por o Imágenes de Actualidad, entre muchas otras.

Periodista y corrector

Tengo experiencia en redacción, corrección ortotipográfica, entrevistas, maquetación, fotografía, retoque, edición de audio… Un poquito de todo.

Docente y conferenciante

He dado clases en escuelas privadas como Observatorio de Cine o La Casa del Cine, así como conferencias y masterclasses en festivales y universidades.

Community Manager

He realizado tareas de comunicación, RR.PP. y community management tanto en empresas del sector del marketing como en editoriales.

Padre consciente

He escrito en varios medios especializados sobre paternidad consciente, y continúo desarrollando nuevos proyectos al respecto.

Últimos trabajos

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  • A la medida

    Si necesitas un curso de cine, paternidad o cultura en general, me adapto a formatos y exigencias distintos.

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Sobre cine, paternidad y mis últimos trabajos

Star Wars: Los últimos jedi

enero 13, 2018
Lo que resultaba más frustrante de Star Wars: El despertar de la Fuerza era que planteaba ideas interesantes que, a la hora de la verdad, no iban más allá del mero apunte, como la revisión de la primera trilogía desde una perspectiva puramente mitológica –y la sombra que eso proyectaba sobre sus personajes más jóvenes– o la imposibilidad de repetir un relato tan cargado de inocencia como aquél… Conceptos que Rian Johnson retoma y potencia, con mayor intención y mucho más tino, en Star Wars: Los últimos jedi, que desde sus primeras secuencias se atreve a cuestionar la parálisis nostálgica de la serie, dándole la espalda a las expectativas de los fans para, después, y a partir de esa negación, redimensionar la importancia de la figura que brilla por encima de todas dentro de la trama: Luke Skywalker. Y no tanto por su gesta climática –que, justo es decirlo, es un sentidísimo homenaje a un mito del cine moderno, y contiene un precioso guiño a La guerra de las galaxias– como por lo esencial que resulta para la propia película que refute su propia importancia, y la de los jedi, en el destino del universo. Habla el granjero pobre de Tatooine, y no el heredero de las enseñanzas de Obi-Wan Kenobi y Yoda, cuando afirma que el control de la Fuerza no debería ser algo exclusivo ni regulado: subyace en su discurso una sacudida de los cimientos de la franquicia de fuerte carga política –y que, en su cuestionamiento de la religión jedi, engarza con las dudas que planteaba George Lucas en la segunda trilogía–, y que se corresponde con el papel fundamental que juegan, dentro del trazado argumental, los personajes (en teoría) secundarios, presentados en esta entrega. De ahí que, trama principal aparte –en la que vuelven a tener un rol fundamental las relaciones paternofiliales de Kylo Ren (Adam Driver)–, quienes muevan la acción dentro de Los últimos jedi no sean ni Finn (John Boyega) ni Poe Dameron (Oscar Isaac), sino aquellos que les acompañan, respectivamente Rose Tico (Kelly Marie Tran) y Amily Holdo (Laura Dern), lo que no solamente amplía, en el mejor de los sentidos, el universo de Star Wars, sino que además le sirve a Johnson para hacer evolucionar a unos personajes que, la verdad, corrían el peligro de estancarse en los prototipos planteados por Abrams y Lawrence Kasdan. No solo eso, sino que a través de la subtrama del casino de Canto Bight, y la aparición del hacker que interpreta Benicio del Toro –casi un reflejo contemporáneo, y por eso mismo mucho más cínico y desagradable, de Lando Calrissian–, Johnson pone sobre la mesa una moralidad mucho más grisácea, más inquietante, que la de la trilogía original: a día de hoy ya no se pueden repetir un planteamiento tan maniqueo por la sencilla razón de que tenemos una visión más cínica de nuestra propia sociedad. Por eso tiene tanta importancia el paso adelante que da Luke para defender a la esquilmada Resistencia –otro de los

Mindhunter: Temp. 1

enero 8, 2018
Era relativamente fácil que, en otras manos, y partiendo del material en el que se inspiraba –una novela de no ficción en la que John E. Douglas describía cómo el FBI creó el sistema de perfiles criminales moderno y que, por cierto, Editorial Crítica ha publicado en castellano–, Mindhunter hubiera caído en la mera repetición en formado qualité de los esquemas narrativos de los procedurals psicopatológicos en la línea de Mentes criminales. Pero, claro, en ese caso, el proyecto no habría llamado la atención de un David Fincher que, no está de más recordarlo, tiene en su haber dos largometrajes fundamentales para el subgénero: Seven y Zodiac. El showrunner de Mindhunter, el dramaturgo australiano Joe Penhall, ha concebido esta primera temporada como el proceso de degradación moral (y mental) de su protagonista, el joven agente del FBI Holden Ford (Jonathan Groff), a medida que su supuesto idealismo se revela como una máscara que revela un carácter obsesivo, con unos problemas para asimilar los límites que le aproximan a la sociopatía. De ahí su capacidad para entender a los criminales, para prever su acciones (y reacciones) y utilizarlas en su provecho: porque, tras su aspecto profesional, impoluto, se esconde un interior turbulento, que de alguna manera intenta comprender a través de los asesinos en serie con los que se entrevista. Por eso adquiere tanta importancia la figura de Ed Kemper (Cameron Britton), el primer homicida al que Ford entrevista junto a su compañero Bill Tench (Holt McCallany), y que acaba convirtiéndose en una especie de reflejo perverso del propio protagonista, pues, además de apreciar su inteligencia y su capacidad para expresarse verbalmente, se identifica con sus dificultades para integrarse socialmente. De ahí que, en el capítulo final –no casualmente, uno de los cuatro que dirige Fincher–, vuelva a encontrarse con Kemper y se enfrente, precisamente por ello, a su propia monstruosidad reflejada. Ford se asoma miedo al abismo que suponen las mentes de los asesinos en serie que entrevista –así como a los que caza, no siempre con la misma eficacia ni resultados tan satisfactorios– y, por el camino, arrastra consigo a los que le ayudan, como Tench o la psicóloga Wendy Carr (Anna Torv). Todos ellos acaban sintiéndose afectados, en un sentido u otro, por el trabajo que realizan –el equipo de guionistas liderado por Penhall realiza un trabajo espléndido desarrollándolos de forma individual, y empleándolos como contraste respecto al personaje principal–, y sintiendo por eso mismo un gradual rechazo al comportamiento cada vez más antisocial y más desordenado de Ford. Ahí está la fuerza de Mindhunter: en la inteligencia con la que equilibra su vocación genérica –y su fidelidad a los esquemas del procedural– con el cuidado con el que describe cómo afecta a sus protagonistas el hecho de enfrentarse cara a cara con un Mal que, ahí está lo terrible, no es absoluto ni inaprensible. Al contrario. Por eso Ford acaba la temporada desmayándose, aterrorizado frente a la experiencia que acaba de vivir con Kemper: porque se hace,

Coco

noviembre 30, 2017
Puede dar la sensación de que el título de la nueva producción de Pixar llama a engaño, puesto que así se llama la bisabuela del protagonista, Miguel, un personaje, en apariencia, secundario para la acción… Pero la realidad es que la elección de Lee Unkrich y Adrian Molina no es casual, pues aunque la historia nos coloca en el punto de vista del niño para que descubramos a su mismo ritmo la Tierra de los Muertos –es decir, la versión del Más Allá que describe el largometraje–, en realidad el eje dramático de la misma está situado en la relación Héctor/Coco. Es decir, en realidad lo que nos está narrando el filme, aunque sea en segundo plano, son los esfuerzos desesperados de un padre por volver a ver, aunque sea brevemente, a una hija de cuya vida, por circunstancias que él mismo no se explica –y que descubrirá, junto al espectador, en el clímax de la historia–, desapareció de forma súbita… Y, de alguna manera, reconciliarse con lo ocurrido, compensar todos los años perdidos y aliviar el dolor causado. Un arco dramático que queda muy bien definido en la melodía que el matrimonio Kristen Anderson-Lopez/Robert Lopez ha compuesto para el largometraje, Recuérdame –que se repite durante el metraje, y en dos ocasiones con una emotividad realmente prodigiosa–. Porque, pese a su tono vital, optimista, Coco habla de herencias vitales, de heridas primarias y de elecciones cuestionadas. Hasta el punto de que el viaje a la Tierra de los Muertos no sirve para que Miguel se reconcilie con su familia, sino que, más bien, lo que provoca es que sea ésta la que se enfrente a su propia cerrazón, a esa negatividad heredada que tan bien se resume en el arranque del metraje: la reivindicación que hace el niño de su pasión por la música, de ese talento en bruto que le ha permitido aprender a tocar la guitarra viendo películas de Ernesto de la Cruz, funciona como terapia de regresión para su tatarabuela Imelda, que reencuentra, de alguna manera, sus ilusiones perdidas. El trayecto de Miguel no es solamente, pues, uno de autodescubrimiento, sino también de reivindicación de su propio carácter, de su idiosincrasia, frente al carácter represivo de una familia marcada por las expectativas profesionales de un negocio heredado –en este caso, la zapatería–. De forma, si queréis, exagerada, pero Unkrich y Molina no dejan de reflejar aquello que los padres hacemos, a veces, de forma (casi) inconsciente: proyectar nuestras propias expectativas, nuestros sueños, en nuestros hijos –sea jugar a fútbol o convertirlos en aficionados al cine–, en lugar de escuchar sus inquietudes personales sin que nosotros las mediaticemos. De hecho, si Coco habla de la memoria familiar, y de la importancia de su conservación, es porque, siendo conscientes de nuestra herencia, somos también más capaces –como le acaba ocurriendo a Miguel– de entendernos a nosotros mismos y de reconciliarnos con quién somos y por qué somos.

George A. Romero en corto

noviembre 29, 2017
  Adoro los relatos terroríficos. Creo que hay que tener mucho talento para condensar una historia de miedo eficaz, que te llegue al tuétano, en apenas unas páginas –o unos minutos– sin caer en el tópico ni en la gansada… Sobre todo en los giros finales. Y desde los portmanteau films de la Amicus con guión de Robert Bloch, ninguna película de episodios me ha impactado tanto como aficionado al fantástico que el Creepshow de George A. Romero y Stephen King. Imposible no enamorarse de esa estructura, deudora de los cómics de la editorial EC. De los (estupendísimos) efectos especiales de Tom Savini. De la fotografía colorista y un tanto baviana de Michael Gornick –con esos planos de reacción con retroproyección que son puro tebeo llevado a la gran pantalla–. Y sobre todo, de esa mezcla de terror y diversión que explotaba, para bien, en esa maravilla que es el segmento «La caja» –con una deliciosa Adrienne Barbeau haciendo de arpía insoportable–. La cuestión es que, gracias al buen funcionamiento comercial de la película, y a su buena experiencia en ella, a Romero le picó lo bastante el gusanillo del relato corto como para encargarle a King un Creepshow 2 que, debido a las dificultades para financiarlo, dejó en manos de Gornick y se limitó a escribir –y que, pese al pobretón resultado de tener que disminuir su presupuesto a menos de la mitad del original, es defendible sólo por el episodio «La balsa», que mejora, y de qué manera, el final original de Stephen King–. Y a su vez, también se animó a producir, así como a guionizar algunos capítulos, de la serie televisiva Historias del más allá, que a su vez desembocó, unos pocos años más tarde, en otro largometraje de episodios, El gato infernal… Y con implicación de Romero en el episodio que da nombre español a la película, pues había sido descartado previamente de Creepshow 2 –de ahí que Savini la considerara una especie de Creepshow 3, si bien, es justo reconocerlo, el filme se recuerda sobre todo por el último capítulo, firmado por Michael McDowell, y que adapta la leyenda japonesa de Yuki-On’na–. Al año siguiente, Romero le dio una última oportunidad al formato colaborando con Dario Argento en la irregular, pero interesante, Los ojos del diablo, en la que, en su relectura de «La verdad sobre el caso del señor Valdemar», aproximaba la obra de Poe al relato moral(ista) de EC Comics con una imagen final que remitía directamente a su (por entonces) trilogía zombi… Como le ocurrió, en general, a su carrera, las dificultades para financiar sus proyectos le obligaron a abandonar los portmanteau, pero las incursiones en la ficción episódica que pudo realizar a lo largo de su carrera ponen sobre la mesa que, más allá de tópicos y valoraciones perezosas, detrás del cine de terror de George A. Romero había mucho más que muertos vivientes y metáforas políticas más o menos afortunadas.

Ma(pa)ternidad en el cine vols. 1 y 2

noviembre 10, 2017
No sé si sabéis que el mes pasado empecé a colaborar en una sección periódica dentro del podcast Crianza transformadora de la web El Tiempo de los Intentos, de la cual es responsable la comunicadora y asesora de maternidad –además de mi mujer, detalle importante– Cristina Oliva. Se trata de Ma(pa)ternidad en el cine, en la que, como su muy descriptivo nombre indica, ambos comentamos películas que, a nuestro parecer, den pie a reflexionar sobre la maternidad y paternidad desde la perspectiva de la crianza consciente. Acabamos de lanzar la segunda entrega de la sección, en la que hablamos de Boyhood, de Richard Linklater. Creo que los temas que surgieron son muy interesantes, y que pueden abrir una perspectiva (mínimamente) nueva sobre el largometraje. De la misma manera, también os invito a recuperar la primera entrega, en la que abordamos Una cuestión de tiempo. Estábamos un poco más nerviosos, pero aun así considero que también dijimos cosas con mucho sentido…