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  • TONIO L. ALARCÓN

    Periodista, comunicador y crítico de cine

     
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Experto en

Con más de dos décadas ejerciendo como periodista, comunicador y docente, soy capaz de ofrecer registros profesionales muy distintos.

Crítico cinematográfico

Me he fogueado profesionalmente en publicaciones con tanto prestigio como Dirigido Por o Imágenes de Actualidad, entre muchas otras.

Periodista y corrector

Tengo experiencia en redacción, corrección ortotipográfica, entrevistas, maquetación, fotografía, retoque, edición de audio… Un poquito de todo.

Docente y conferenciante

He dado clases en escuelas privadas como Observatorio de Cine o La Casa del Cine, así como conferencias y masterclasses en festivales y universidades.

Community Manager

He realizado tareas de comunicación, RR.PP. y community management tanto en empresas del sector del marketing como en editoriales.

Padre consciente

He escrito en varios medios especializados sobre paternidad consciente, y continúo desarrollando nuevos proyectos al respecto.

Últimos trabajos

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Mis cursos

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  • Presenciales

    Actualmente doy monográficos temáticos en la tienda The Cine, y de forma puntual en festivales y muestras. (+ info)

  • On-line

    Muy pronto empezaré a ofrecer webinars cinematográficos y centrados en directores clásicos y de culto. (+ info)

  • A la medida

    Si necesitas un curso de cine, paternidad o cultura en general, me adapto a formatos y exigencias distintos.

Mi blog

Sobre cine, paternidad y mis últimos trabajos

madre!

septiembre 22, 2017
No hace falta más que conoce mínimamente la carrera cinematográfica de Darren Aronofsky para intuir lo que se agazapa detrás de madre! De hecho, no es que el director oculte precisamente las referencias bíblicas sobre las que, en clave de terror psicológico de textura y ritmo seventies, va construyendo un relato que huye de lo convencional, de lo obvio, y obliga al espectador a empatizar, o al menos a interesarse, por una serie de personajes que funcionan como metáforas religiosas –todo lo que enloquecidas que uno quiera, pero fidelísimas, al menos en espíritu–. Lo más interesante de madre!, sin embargo, no está en lo que Aronofsky quiere contar, sino en lo que, sin darse cuenta, se le cuela entre líneas, y enriquece una propuesta que le exige mucho al espectador. Sin ánimo de revelar nada de una trama que, considero, debería descubrir el público en la propia sala, el director también reflexiona –aunque sea, como comentaba, de forma puramente inconsciente– acerca del acto creativo, y el carácter demiúrgico y arrogante de aquellos consagrados a su arte. Lo que, al mismo tiempo, también le lleva a incidir en la dificultad de esos creadores –y el personaje de Javier Bardem, precisamente por la figura religiosa que interpreta, lo es– para empatizar de forma sincera con los demás, cuando en el fondo lo que buscan es el reconocimiento ajeno, el aplauso. Vaya por delante, no obstante, que madre! es terriblemente irregular. Repleta de altibajos. Pero es que lo que la hace apasionante es ese atrevimiento, ese sentido del riesgo que ha llevado a Aronofsky a dejarse llevar más por la intuición que por su habitual afán perfeccionista, y a construir, por eso mismo, una obra particularmente visceral, que no tiene miedo ni a contrariar a su público –no hay más que ver las notas que ha obtenido incluso entre la comunidad crítica– ni a soliviantarlo con una crudeza no exenta de elegancia. Una vez visto el largometraje, se entiende el guiño a La semilla del diablo del cartel. No solamente porque el relato tenga mucho del Polanski más inquietante, más surrealista –si bien, a nivel formal, a mí me ha recordado mucho más a Repulsión, sobre todo por su uso de detalles desagradables–, sino porque, en el fondo, la historia no deja de ser una inversión religiosa, pero igualmente perversa y un tanto nihilista, de aquella adaptación de la popular novela de Ira Levin. Aronofsky y su director de fotografía habitual, Matthew Libatique, han vuelto aquí a rodar en 16 mm, y lo cierto es que explotan muy bien esa inquietud adicional, casi inconsciente, que el grano del formato le añade a la historia. Salvo unos pocos –y breves– planos, la acción no sale nunca de la mansión en la que se circunscribe la trama, y ese detalle tan buñueliano le permite a Aronofsky jugar de nuevo con la steadycam y con la iluminación para, en este caso, ir filtrando cada vez más detalles inquietantes dentro de un contexto en apariencia normal que,

Mi primer webinar, a punto

septiembre 13, 2017
Como parte del proceso de promoción de mi nuevo libro, Al caer la noche: Terror catódico americano 1970-1981, la editorial Applehead Team y yo hemos llegado a un acuerdo para ofrecerle un regalo muy especial a los 40 primeros que decidan comprarlo por anticipado, durante el periodo de preventa –hasta principios de octubre–. Todos ellos podrán participar en un webinar gratuito –y exclusivo– que impartiré a principios de octubre, de unos 60 minutos de duración, y en el que básicamente haré una introducción teórica, apoyándome en ejemplos más o menos conocidos, al tema abordado en el libro. Me hace mucha ilusión ofrecerle este pequeño símbolo de agradecimiento a los primeros compradores de Al caer la noche, pero también llevar adelante este primer webinar que tiene la intención de ser el primero de muchos por llegar. ¡Pronto más noticias al respecto!

Steve Jobs

septiembre 4, 2017
La intención de la impecable estructura en tres actos que Aaron Sorkin concibió para el guión de Steve Jobs es la de generar esa sensación circular, casi reiterativa –de ahí que la acción gire siempre en torno a los mismos personajes, como fantasmas condenados a repetir siempre las mismas acciones–, que impregna un largometraje que dibuja una imagen poco o nada halagüeña de su protagonista. Alguien prácticamente imposible de redimir en su egoísmo, que casi roza lo sociopático. Salvo por su relación con su hija Lisa (Makenzie Moss, Ripley Sobo y Perla Haney-Jardine). Ahí es donde ese bucle narrativo se rompe, y las barreras emocionales de Jobs (Michael Fassbender) se desmoronan, hasta el punto de llegar a afectar, y a implicar de forma directa, al resto de figuras que pululan a su alrededor. Sorkin define al (co)fundador de Apple como alguien incapaz de conectar con los demás si no es vehiculando sus sentimientos a través de su trabajo. No es casual, pues, que su actitud hacia Lisa cambie desde el momento en que ésta hace un pequeño dibujo en una versión temprana del programa MacPaint: sin ser consciente de ello, la niña habla, por primera vez, el mismo lenguaje que su progenitor. Una parte fundamental de la relación padre/hijo está, precisamente, en el reflejo de nuestra idiosincrasia que reconocemos en ellos. Es decir, en darnos cuenta de que, para bien y para mal, han heredado una parte de quienes somos. Y para alguien que, como señala John Sculley (Jeff Daniels), está profundamente marcado por el hecho de haber sido dado en adopción –y la sensación de abandono provocada por ello–, verse a sí mismo reproducido en una niña cuya paternidad ha negado de forma tajante resulta, como mínimo, impactante. Desde ese momento, la lucha interna de Jobs, más allá de las derivas empresariales y tecnológicas con las que pretende revolucionar la industria, es la de evitar convertirse en el mismo tipo de figura ausente que sufrió él. Pero apenas es capaz de lograrlo. Al menos, hasta el clímax del largometraje. Allí, por primera vez en todo el relato, Jobs pone por delante su necesidad de hablar con Lisa a la presentación de Apple que está a punto de empezar. Y también por primera vez, la acción sale del interior de un edificio de convenciones, y es el sol, y no la luz artificial, lo que ilumina a los personajes. Ése es el momento de redención, de autodescubrimiento de Jobs, porque, por primera vez en toda la película, decide crear una pieza de tecnología, el iPod, como regalo para su hija. Un cambio de actitud empresarial que refleja también la evolución interior de un ser humano que ha logrado, por fin, utilizar el amor que siente –y que tanto le ha costado reconocer– para reinventarse, para mejorar… Aunque sea solamente, claro está, en la ficción creada por Sorkin y Boyle.

Al caer la noche: Terror catódico americano 1970-1981

septiembre 1, 2017
Hoy se ha anunciado de forma oficial el segundo libro sobre cine que escribo en solitario, Al caer la noche: Terror catódico americano 1970-1981, y que supone mi primera colaboración con la editorial Applehead Team Creaciones. Me hace especial ilusión porque, además de ser un proyecto al que llevo dándole vueltas mucho tiempo —más concretamente, casi seis años, que se dice pronto—, también he volcado en él, aunque sea de forma indirecta, una parte de mi infancia y de mi adolescencia. Claro que, mejor que yo, quien resume muy bien el espíritu de la obra es el texto que los chicos de Applehead han incluido en la nota de prensa que se ha lanzado esta mañana, y que creo que da en el clavo: Todas las novedades sobre el libro, su fecha definitiva de publicación y, sobre todo, sus presentaciones, las podréis encontrar en su grupo de Facebook: https://www.facebook.com/alcaerlanochelibro.

Una cuestión de tiempo

agosto 30, 2017
(Originalmente publicado en #Siloshombreshablasen) Me permitirá el lector empezar con una afirmación que sonará, seguramente, excéntrica. Una cuestión de tiempo no habla sobre viajes temporales. Vale, su protagonista se traslada en el tiempo. Y altera, de forma consecutiva, y a veces algo caótica, algunos acontecimientos más o menos trascendentales de su vida. Pero no es, en realidad, lo que Richard Curtis no está contando. Es un pequeño truco de prestidigitador (un gimmick, como lo llaman los estadounidenses) para desviar nuestra atención y poder hablar de lo que realmente le interesa: del inexorable paso del tiempo, de la pérdida y de los vínculos padre/hijo. Hacia el final de la historia, y debido a las limitaciones del viaje en el tiempo, Tim (Domnhall Gleeson) debe elegir entre tener un tercer hijo con su mujer o poder seguir saltando al pasado para visitar a su padre recién fallecido (Bill Nighy). O, lo que es lo mismo, tiene que enfrentarse al dilema entre seguir conservando el cordón umbilical que le une a su progenitor, el instinto natural de buscar su protección, o bien mirar hacia delante, hacia su propia familia, y asumir la soledad, el vacío que deja atrás la ausencia de su figura paterna. Pocas veces una película ha resumido de forma tan hermosa (y a la vez, tan dolorosa) cómo el amor hacia nuestros hijos, la responsabilidad que tenemos respecto a ellos, nos impele a superar nuestras pérdidas. A crecer. A mirar hacia el futuro, en vez de dejarnos arrastrar por la nostalgia. A convertirnos en el bastión en el que se apoyarán durante el resto de nuestra existencia. Aunque una parte del metraje de Una cuestión del tiempo desarrolle la historia de amor de Tim y su mujer Mary (Rachel McAdams), a grandes rasgos, yo la veo como una narración sobre la paternidad. Y, por lo tanto, sobre el proceso de aprendizaje vital de su protagonista, y la asimilación del legado moral y sentimental de su padre. Ese hombre que, a lo largo de toda la película, le acompaña, le aconseja, pero también le permite cometer sus propios errores. Que le escucha sin juzgarles, le apoya y le anima con discreción, sutilmente. Curtis dibuja, con la ayuda de un Nighy estupendo, al padre que todos habríamos querido. Y aquél en el que todos, con nuestros defectos y nuestras limitaciones, nos gustaría convertirnos en el futuro. Por eso, como decía al principio, Una cuestión de tiempo no es una película sobre viajeros temporales, igual que ¡Qué bello es vivir! no habla solamente de qué sería del pueblecito de Bedford Falls sin la intervención de James Stewart. De forma modesta y contenida (incluso a la hora de mostrar los viajes en el tiempo, que funcionan por mero fundido), Curtis habla sobre la vida. Nada más y nada menos que sobre la vida. Al final de la película, Tim deja de utilizar su capacidad para viajar en el tiempo. Porque ese poder es, en realidad, una metáfora, una ficcionalización en clave fantástica de su