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De ‘Depredador’ a ‘Predator’

Cine
By Tonio L. Alarcón 7 meses ago4 Comments
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(Este texto responde al encargo de un prólogo para un libro sobre el tema de Cine Ultramundo que jamás llegó a publicarse. Aquí lo he reestructurado y lo he actualizado con una coda sobre Predator)

Si puedo hablar con propiedad de Depredador (Predator; John McTiernan, 1987), y de cómo representa no solamente la industria de Hollywood de finales de los 80, sino también los gustos y las ideas políticas de la época, es, precisamente, porque es una de mis películas de infancia. La verdad es que no recuerdo cuándo la vi por primera vez, ni si fue en el cine o la alquilé directamente en uno de los, por entonces, abundantísimos videoclubs que había en mi barrio. Lo que sí tengo muy claro es que, años más tarde, la grabé en uno de sus pases televisivos, y gracias a ello la pude ver repetidamente, una y otra vez, porque encontraba en sus imágenes algo que, en ese momento de mi existencia, no sabía definir, pero que me hacía apreciarla mucho más que otros vehículos de Schwarzenegger de la época, como Ejecutor (Raw Deal; John Irvin, 1986) o Perseguido (The Running Man; Paul Michael Glaser, 1987) –y ojo, eso es mucho decir, porque adoraba el tono kitsch de esta última–. Con el tiempo, claro está, descubrí que ese algo diferencial era la visceralidad particular de McTiernan, apoyada en su sentido del ritmo y su talento innato para las secuencias de acción –un dato a ese respecto por si no lo tenéis claro: al año siguiente rodó La jungla de cristal (Die Hard, 1988)–, pero por aquel entonces el enfrentamiento del austríaco con el extraterrestre al que le ponía cuerpo Kevin Peter Hall llegó a convertirse, sobre todo por esa set piece climática que sigue pareciéndome una de las cimas del cine de su director, en una de las referencias fundamentales de mi niñez y de mi adolescencia.

En todo caso, no deja de ser lógico que tardara años en darme cuenta, pues al fin y al cabo la película se esfuerza al máximo en encajar en el cine de acción musculoso de la década de los 80: sin ir más lejos, hoy en día sería inimaginable un plano detalle como el que muestra los bíceps de Schwarzenegger y Carl Weathers inflándose al darse un apretón de manos, y que más que un detalle de egocentrismo por parte de ambos –que también–, es un rasgo de estilo del concepto post-reaganiano del actioner de la época, que puso de moda el bodybuilding y los cuerpos bronceados y aceitosos. No es casual, de hecho, la aparición en un papel más o menos secundario del que fuera «Apollo» Creed, sino se trata de un gesto agresivo contra el que, por entonces, era el auténtico rey del género, Sylvester Stallone, que apenas un par de años antes había estrenado dos exitazos consecutivos como Rambo: Acorralado Parte II (Rambo: First Blood Part II; George Pan Cosmatos, 1985) y Rocky IV (Id.; Sylvester Stallone, 1985) –en la que, detalle fundamental, el personaje de Weathers moría a manos de Ivan Drago (Dolph Lundgren)–.

Precisamente, la negativa de Schwarzenegger a aparecer en Depredador 2 (Predator 2; Stephen Hopkins, 1990) va más allá del desacuerdo salarial: marca también un cambio en el género, en el que los productos de acción digamos estelares se dirigen cada vez más a un público infantil/juvenil –de ahí que se estilice cada vez más la violencia, y se utilice el humor para rebajar la tensión, un registro en el que Stallone se sentía más incómodo que Schwarzenegger–, mientras que, gracias al éxito de La jungla de cristal y Arma letal (Lethal Weapon; Richard Donner, 1987), la industria descubre que los actores convencionales también pueden funcionar como protagonistas de actioner. Desde esa perspectiva hay que entender la contratación como héroe de Danny Glover –así como su antagonista en la popular buddy movie, Gary Busey–, pero también a partir del deseo de los productores de darle mayor protagonismo al extraterrestre, por aquello de que, un poco a lo Freddy Krueger, en teoría era quien, sin Schwarzenegger de por medio, llevaba al público al cine y quien generaba más merchandising… Cuando la pobre recaudación obtenida les enseñó a las malas que, al menos a nivel cinematográfico, el personaje –o personajes– funciona mejor cuanto más en las sombras está.

Un fracaso que puso sobre la mesa un problema industrial de la década de los 90 que, a día de hoy, se está repitiendo en Hollywood: las dificultades para producir blockbusters sin invertir grandes presupuestos. Eso hizo que proliferaran las adaptaciones comiqueras de franquicias de más o menos éxito, pues permitían darles continuidad de forma asequible y sin necesidad de recortar en espectacularidad. De ahí el impulso que, en manos de Dark Horse Comics, vivieron series como Star Wars, Terminator, Robocop, Alien y, claro está, Predator… Por separado o en crossovers como el que se sacó de la manga el guionista y dibujante Chris Warner, Aliens vs. Predator, y que se convirtió en una de las joyas de la corona de la compañía por aquello de ofrecer algo imposible en la gran pantalla: un cruce de franquicias que se expandió también en forma de novelas y, claro está, de videojuegos.

Eso provoca la curiosa paradoja de que Predator se convirtiera en una franquicia cinematográfica cuya continuidad no se basa en el éxito de sus antecesoras, sino en el de sus productos derivados, y más específicamente, en el de los shooters en primera persona que desarrollaron Rebellion Developments y Monolith Productions a principios del siglo XXI. Es, desde luego, mucha casualidad que Fox aceptara la propuesta de Paul W.S. Anderson de rodar su idea para Alien vs. Predator (Id., 2004) justo tras el buen funcionamiento entre los gamers de Aliens vs. Predator 2 y sus diversos packs de expansión… En todo caso, no es casual que se contratara al británico, habiendo rodado antes dos adaptaciones videojueguiles como Mortal Kombat (Id., 1995) y Resident Evil (Id., 2002). En todo caso, la implicación de Anderson marca un interesante intento de modernizar la franquicia llevándosela hacia su muy personal concepto del blockbuster –muy influido, precisamente, por los videojuegos, no solamente en cuanto a ritmo y estructura, sino también por su forma de aprovechar los efectos CGI–, equilibrando el respeto hacia su espíritu y sus raíces con una cierta revolución formal.

Su buen rendimiento económico, que se repitió con su secuela, la mucho más barata Alien vs. Predator 2 (Aliens vs. Predator: Requiem; Colin y Greg Strause, 2007), convenció a Fox de que había mercado para revivir la franquicia apelando a otro tema muy de actualidad: el mercadeo de la nostalgia. De ahí que sacaran de un cajón un viejo proyecto de mediados de los 90 de Robert Rodríguez, concebido, según el director tejano, para devolver la franquicia a sus orígenes… Es decir, que desde el primer momento se planteó Predators (Id.; Nimród Antal, 2010), como tantos largometrajes y series actuales –a Stranger Things (Id., 2016-) me remito–, como una mirada al pasado. De ahí que sea tanto un guiño continuo a la película de John McTiernan –de la que es, en realidad, un remake no reconocido y especialmente torpe– como un esfuerzo por volver a un tipo de actioner más visceral, más físico, que como la anterior La jungla 4.0 (Live Free or Die Hard; Len Wiseman, 2007), choca con la incapacidad de su director para reproducir lo que, en los 80, era la forma natural de rodar la violencia.

En esas mismas coordenadas (inevitablemente) nostálgicas intentaron moverse también Shane Black y Fred Dekker en Predator (2018), en la que chocan frontalmente dos películas distintas: la que intentaba crear Black, mucho más en la línea adulta y divertida de su obra anterior, y la que pretendía Fox, enmarcada dentro de las líneas básicas del blockbuster moderno y, sobre todo, subrayando la tan cacareada idea del universo compartido. Contratar al responsable de Kiss Kiss Bang Bang (Id., 2005) o Dos buenos tipos (The Nice Guys, 2016) no tiene ningún sentido, a pesar de que, entre líneas, se distingue su buena mano para los diálogos, la construcción de personajes y, sobre todo, la construcción de secuencias de acción con trascendencia dramática para sus protagonistas. Quizá esa imposibilidad de repetir la magia del original de McTiernan resida en que su concepto básico representaba muy bien las heridas que todavía palpitaban en la sociedad estadounidense por el fracaso en la Guerra de Vietnam –y que tan bien representaban obras de aquella misma década como la ya mencionada Rambo: Acorralado Parte II o Desaparecido en combate (Missing in Action; Joseph Zito, 1984)–… Una lectura que ahora, con Fox absorbida dentro de Disney, parece difícil que se actualice conectándola con la errática política exterior del país.

Category:
  Cine
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 Tonio L. Alarcón

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4 Comments

  • XAVI says:

    Me ha parecido muy interesante tu artículo. Tal y como lo comentas, Dark Horse ha hecho más por las franquicias de Alien y Predator que las propias productoras. De hecho, ocurre lo mismo con Star War y su «universo expandido» que J.J. Abrams se las ha apañado para dejar fuera de la continuidad «normal».

    Por cierto, lo de «De ahí que sea tanto un guiño continuo a la película de John McTiernan –de la que es, en realidad, un remake no reconocido y especialmente torpe– como un esfuerzo por volver a un tipo de actioner más visceral», me ha sorprendido gratamente puesto que en parte ves los guiños pero no es hasta que no ves la película una segunda o tercera vez que piensa que efectivamente se trata de un remake, como tú muy bien dices «no reconocido y torpe».

    • Tonio L. Alarcón says:

      ¡Muchas gracias! En el caso de Predator y Alien, más allá de la primera película (o primeras películas), sus respectivas franquicias cinematográficas han dado muchísimos tumbos, así que es normal que hayan sido los cómics quienes las hayan sostenido en el tiempo. De hecho, te diría que ni ‘Prometheus’ ni ‘Alien: Covenant’ existirían de no ser por lo bien que Dark Horse ha mantenido la popularidad de la saga.

  • Mario says:

    Genial artículo. Soy súper fan de Predator. Dónde se puede adquirir el libro que mencionó?

    • Tonio L. Alarcón says:

      ¡Muchas gracias! En realidad, el libro no se llegó a publicar. De ahí que haya reaprovechado el prólogo.

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