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La forma del agua

Cine
By Tonio L. Alarcón 9 meses agoNo Comments
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La bellísima secuencia de créditos inicial de La forma del agua, una especie de sinfonía acuática que recorre el piso de la protagonista, trae casi de inmediato a la mente a la famosa secuencia submarina de Inferno que, dicen, rodó Mario Bava. Igual que en la película de Dario Argento, el agua es aquí una puerta de acceso al mundo de los sueños, al universo de ficción en el que Elisa (Sally Hawkins) se refugia de una vida mediocre y asfixiante –de ahí el detalle, en absoluto baladí, de que viva justo encima de un cine en decadencia–. Guillermo del Toro no nos sitúa, pues, tan lejos del territorio que explorara en El laberinto del fauno, si bien aquí es mucho más sutil, menos explícito, en ese emborronamiento de los límites entre lo real y lo imaginario. ¿Hasta qué punto, pues, la continua presencia de elementos acuáticos apunta la aparición de la criatura anfibia (Doug Jones) –y a la propia naturaleza casi mágica de Elisa–, en lugar de recordarnos, de forma inconsciente, que estamos en el territorio de lo onírico, de lo fantástico?

La voz en off de Giles (Richard Jenkins) introduce el tono de cuento para adultos de lo que, al fin y al cabo, no deja de ser una especie de relectura de El regreso del monstruo –la secuela de La mujer y el monstruo que el propio Jack Arnold rodó un año después, en 1955– en la que Del Toro y su coguionista, Vanessa Taylor, le dan la vuelta a la tradicional relación mujer/monstruo del género terrorífico, planteando una cuestión muy provocativa: ¿y si la protagonista, por una vez, correspondiera a la atracción que siente la criatura hacia ella, en lugar de rechazarla? Por eso, en un detalle muy de su director, las características habituales del monstruo –porte amenazador, potencia física, sexualización– se proyectan en el antagonista de la función, Richard Strickland (Michael Shannon), a través del cual vuelve a explorar la podredumbre física como proyección de la decadencia moral… Si bien, en este caso, se trata de dos dedos que le arranca la criatura y, al serles cosidos demasiado tarde, van ennegreciéndose y llenándose de pus al mismo ritmo que su alma.

Aun así, y pese a su rol fundamentalmente negativo en la ficción –lo que matiza la interpretación de Shannon, repleta de sentido del humor–, Strickland representa uno de los temas principales alrededor de los que gira La forma del agua: la insatisfacción vital. Todos y cada uno de los personajes importantes de la película se sienten, de alguna manera, frustrados, obligados a lidiar con un contexto social en el que no se sienten cómodos –y del que se evaden, como hacen Elisa y su vecino Giles (Richard Jenkins), intentando maquillar y/o esconder sus propias limitaciones–, y que queda roto de forma definitiva por la introducción de lo extraordinario que supone la llegada de la criatura anfibia. Es el monstruo quien les permite conectar con su auténtica esencia –aunque sea tan negra como la de Strickland– y, de alguna manera, recuperarse a sí mismos, a quienes fueron en una época quizás menos siniestra que la de la Guerra Fría.

Precisamente por eso, Del Toro ha querido rodar su película más erótica, más sensual –no recuerdo que en ninguna película anterior insinuara de forma tan explícita una masturbación–, pero ahí es donde La forma del agua se encalla, tropieza con el tono inocente, idealista, que suelen tener las ficciones del director mexicano. Pese a lo indudablemente bello de las imágenes filmadas –su cine puede gustar más o menos, pero desde luego su gusto estético es impecable, y vuelve a complementarse muy bien con la fotografía del danés Dan Laustsen–, se intuye cierta incomodidad a la hora de llevarlas a la pantalla, lo que se contagia a una historia de amor que no convence porque, en el fondo, no acaba de explicarse bien. ¿Se trata de una atracción sexual? ¿De una empatía inmediata entre dos almas solitarias? ¿O sencillamente Elisa está respondiendo a unos orígenes que se nos insinúan –fue encontrada junto a un río, tiene unas marcas en el cuello semejantes a branquias…– pero jamás se hacen explícitos? Ahí el jugueteo narrativo de Del Toro funciona, considero, en contra de un largometraje, aun así, hermosísimo, reinvención de las historias de monstruos clásicas, y reivindicación de una visión más esperanzada, menos cínica, de la existencia humana… Y, sobre todo, de las relaciones amorosas.

Category:
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 Tonio L. Alarcón

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