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Wind River

Cine
By Tonio L. Alarcón 11 meses agoNo Comments
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Lo que hace tan poderosa, tan memorable, la segunda película como director de Taylor Sheridan –si bien es la primera dentro de los márgenes genéricos que le han hecho famoso al escribir los guiones de Sicario y Comanchería: su anterior trabajo, Vile, era un torture porn tardío–, no son las poderosas vibraciones westernianas de sus imágenes. La clave de su intensidad está en que su relato de investigación criminal es una excusa o, si se prefiere, un mecanismo dramático, que sirve para hablar de la que, seguramente, sea la pérdida más dolorosa que puede llegar a sufrir un ser humano: la de un hijo. Y lo que es peor, a manos de otra persona.

Que quien aparezca muerta –y, por lo tanto, ponga en movimiento la acción– sea Natalie (Kelsey Chow), la mejor amiga de la también asesinada hija de Cory Lambert (Jeremy Renner), no solamente le permite al director mostrar dos estados diferentes del proceso de luto, y de lo anímicamente devastador que puede llegar a ser atravesar un dolor de semejante intensidad. Es que, además, de forma indirecta, y sin necesidad de recurrir a los flashblacks –ni a (sobre)explicar la trama a través de los diálogos: Sheridan confía en la inteligencia de los espectadores para unir las piezas, algo nada habitual en el cine contemporáneo, nos permite ver qué es lo que vivió su personaje principal, y entender por qué tanto él como su familia han llegado a convertirse en los que son ahora.

Desde esa perspectiva hay que entender su disposición a ayudar a la agente del FBI encargada del caso, Jane Banner (Elizabeth Olsen), a resolver el misterio. Se trata, en cierta manera, de una oportunidad de perseguir al fantasma que lleva acechándole desde que perdió a su hija, de cerrar heridas que todavía no ha podido sanar –y que, tal y como le confiesa a Martin (Gil Birmingham), no espera curar, sino sencillamente convivir con ellas– e intentar lograr, al menos, una cierta sensación de conclusión. Y si bien, en realidad, encontrar a los culpables de la muerte de Natalie sólo le puede permitir intuir, apenas rozar, qué es lo que le pudo ocurrir a su hija, al menos puede encontrar cierta redención salvando a Jane –con la que Sheridan no intenta establecer, por suerte, la más mínima química sexual: su actitud hacia ella es absolutamente paternofilial– en un tiroteo climático a varias bandas concebido por Sheridan con una sequedad y una brutalidad realmente desasosegantes.

Claro que, mientras el personaje de Renner ejerce como centro dramático del largometraje, porque es quien ejemplifica todo el sufrimiento que vemos reflejando a través de la historia, quien ejerce como proyección del espectador dentro del submundo que supone la reserva india de Wind River es la joven agente que aborda Olsen. Su aparente fragilidad inicial, su confusión, va revelando una personalidad decidida y valiente que, a partir de su idealista sed de justicia –que es la que hace que reaccione con rabia cuando el forense se niega a considerar homicidio la muerte de Natalie–, es quien mueve la trama adelante y, al mismo tiempo, precipita su conclusión.

Y es que Wind River es también una película sobre la fatalidad del destino, y cómo a veces atrapa a la gente más inocente en el momento más inesperado. Eso es lo que hace tan devastador el único flashback del metraje –y la proyección que Sheridan realiza del mismo sobre lo que está ocurriendo en el presente–, que narra lo que le ocurrió, en realidad, a Natalie y a su novio Matt (un fugaz Jon Bernthal), pues nos coloca frente a una visión de Mal tan anecdótica, tan anodina, que es imposible no sentirse horrorizado por la misma.

Category:
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 Tonio L. Alarcón

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