ReTintín

(Re)Tintín 1: Tintín en el País de los Soviets

Cuando el director del diario ultraconservador Le Vingtième Siècle, el abad Norbert Wallez, puso en manos de Hergé su suplemento infantil semanal, Le Petit Vingtième –enfocado a convencer a sus jóvenes lectores de los ideales de la ultraderecha–, el dibujante quiso hacer algo más que editar e ilustrar guiones ajenos como los de L’extraordinaire aventura de Flup, Nénesse, Poussette et Cochonnet. Quería aprovechar la oportunidad para llevar adelante su propia obra. Hacer su propia aportación al conjunto.

Por entonces todavía escribía para la revista Le Boy Scout Belge una tira cómica, Les aventures de Totor, C.P. des hannetons, donde había desarrollado ya un sentido del humor físico que bebía directamente del slapstick mudo –y, más concretamente, de su admiración hacia figuras como Charles Chaplin y Harry Langdon–. Durante su etapa con Totor, Hergé va abandonando las viñetas con grandes cartelas de texto debajo, y va incorporando los bocadillos, apuntando hacia una sofisticación que completará con su nueva creación para Le Petit Vingtième.

No hay más que ver, de hecho, el dibujo de su última etapa de Les aventures de Totor para darse cuenta de que el personaje es, básicamente, un esbozo previo de Tintín. El parecido físico es asombroso, pero su actitud y su forma de posicionarse frente al mundo también es muy similar, al menos en las primeras aventuras del joven periodista.

Totor se cruzaba habitualmente con cowboys e indios, de ahí que Hergé le propusiera a Wallez arrancar su nueva serie con una aventura en América… Sin embargo, éste le impuso ambientar la historia en la Unión Soviética, y el dibujante, que desconocía el país, se basó en un (panfletario) libro, Moscou sans voiles (Neuf ans de travail au pays des Soviets), de Joseph Douillet, para desarrollar Tintin au pays des Soviets. Con los consiguientes (y muy graves) problemas de enfoque.

No es casual que, cuando a lo largo de los años 40 Hergé redibujara y recoloreara las primeras aventuras del personaje, ésta fuera la única que decidió olvidar –de hecho, se negó a que se volviera a publicar hasta mucho más tarde, en 1973–: no en vano, es el álbum más propagandísico y abiertamente racista del personaje, incluso por encima del no menos conflictivo Tintín en el Congo. De hecho, esa visión tan conflictiva del mundo no desapareció de golpe de la obra de Hergé, sino que fue atemperándose por circunstancias históricas (la caída del régimen nazi) y personales (el proceso de documentación de posteriores álbumes abrió de forma positiva su visión del mundo).

Esta primera aventura de Tintín arrancó el 10 de enero de 1929, y duró hasta el 8 de mayo de 1930. El éxito fue tan rotundo, que Wallez la convirtió enseguida en álbum a través de Éditions du Petit Vingtième, y la sindicó a otros medios como Cœurs vaillants y L’écho illustré.

Acostumbrado al ritmo mensual y a los gags desconectados para Le Boy Scout Belge, Hergé improvisaba semana a semana lo que ocurría en Tintín en el País de los Soviets. Y precisamente esa falta de previsión le dio a la obra su característica estructura episódica, muy deudora del serial clásico, en la cual su protagonista se enfrenta a peligros continuos –convirtiendo la historia en una auténtica concatenación de cliffhangers– de los que se acaba salvando por ingenio, suerte o pura fuerza física.

Más allá de su desafortunado trasfondo político, realmente En el País de los Soviets es, a grandes rasgos, una larga persecución sobre multitud de vehículos distintos, y punteada por muchas, pero muchas peleas. Un esquema de gran simplicidad –un enemigo acechando a Tintín, una concatenación de peripecias físicas, cierta visión racista y/o clasista del lugar donde transcurre la acción…– que heredarán los primeros álbumes del personaje, si bien con una progresiva sofisticación que estallará de forma definitiva en Los cigarros del faraón.

Habiéndose convertido Tintín en una figura tan icónica y tan reconocible, puede chocar encontrarse con la crudeza que destila aquí su estilo anterior, sin rediseños que lo aproximen a lo que concebimos como el estilo idiosincrásico de Hergé. Aquí todavía se hace evidente la influencia de algunos dibujantes estadounidenses, como George McManus, George Herriman, Rudolph Dirks… De todos ellos hereda una fluidez en el movimiento que también absorbieron los primeros cortos de animación, a lo que añade un talento innato para la reproducción de todo tipo de vehículos, detalle clave para el espíritu aventurero del personaje.

Esa herencia provoca que, en Tintín en el País de los Soviets, el joven reportero sea, como los protagonistas del Krazy Kat de Herriman, un cartoon casi indestructible, capaz de prodigios físicos inexplicables porque, en esta etapa, Hergé ponía por encima la creación de gags visuales que la narración de una historia más o menos estructurada. Un contexto enloquecido, por momentos abiertamente surrealista, en el que encaja a la perfección un elemento tan característico de los álbumes como el perro parlante (e irónico) que es Milú.

Sin duda, se trata de un Hergé en construcción, todavía en búsqueda de su propio estilo. No hay más que ver la escasa importancia que aquí la prestaba a los fondos de la imagen, en su mayor parte meros esbozos porque, para él, lo importante era la acción principal –una característica que cambió cuando se cruzó por su camino un autor mucho más atento al detalle como Edgar P. Jacobs… pero a eso ya llegaremos–. Lo que no se puede negar es que, a lo largo del año y cuatro meses que estuvo dibujando Tintín en el País de los Soviets, su trazo se fue afinando (y sofisticando) más y más, alejándose de forma definitiva de Les aventures de Totor.

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