El gabinete de curiosidades de Guillermo del Toro: Parte 2

He aquí la segunda entrega con la que completo la valoración de todos los episodios de El gabinete de curiosidades de Guillermo del Toro. Estas cuatro entregas finales vienen a confirmar las sensaciones que habían dejado las iniciales: es decir, una gran irregularidad (nada de extrañar, por otro lado, en el formato antológico) salvada por la personalidad de algunos de sus directores: en esta ocasión, Panos Cosmatos y Jennifer Kent.

El modelo de Pickman
Adaptar a Lovecraft siempre resulta complicado, porque la fuerza de su literatura reside, la mayoría de veces, en lo que omite, lo que deja en manos de la imaginación del lector, en lugar de en lo que realmente describe. He aquí el error de las dos versiones que se han llevado a cabo de la presente historia, la que realizaron Jack Laird y Alvin Sapinsley para la serie apadrinada por Rod Serling, Night Gallery, y en esta ocasión, Keith Thomas y Lee Patterson: intentar traducir el horror, en el primer caso, con un traje de goma, y en el segundo, a través del CGI. El resultado siempre se queda corto frente a la pura imaginación, y sobre todo simplifica la complejidad del terror planteado por Lovecraft. Lo mejor de la versión que nos ocupa está en las interpretaciones de Ben Barnes y Crispin Glover, que transmiten con eficacia las consecuencias del arte del personaje que interpreta el segundo; lo más dudoso del episodio, en cambio, es la insistencia de Patterson por ser más lovecraftiano que el propio Lovecraft en un sentido que, sobre todo en su conclusión, en realidad le aproxima más a Ari Aster (y como sabrán los que conocen mis opiniones, no lo digo como algo positivo).

Sueños de la casa de la bruja
Cuando Catherine Hardwicke aseguraba que la adaptación realizada por Mika Watkins del relato de Lovecraft le introducía “humanidad”, quería decir, como ocurre con tanto fantástico contemporáneo, que le había restado intensidad y potencia dramáticas. Tomándose, en su caso, también unas cuantas libertades, la relectura del mismo que llevaron a cabo Stuart Gordon y Dennis Paoli en la primera temporada de Masters of Horror era capaz de conservar el espíritu macabro y nihilista del original; aquí las dos responsables optan por una aproximación en clave de cuento de terror gótico de fantasmas que anula por completo el terror cósmico inherente a la historia. El cacao cultural que exhibe el episodio es morrocotudo, y el resultado, más próximo a El orfanato que a lo lovecraftiano.

La visita
Después de dos episodios de hechuras netamente televisivas, se agradece el cambio de ritmo que supone el aliento cinematográfico que Panos Cosmatos (mano a mano con su director de fotografía habitual, Benjamin Loeb) introduce en el episodio que ha escrito junto a Aaron Stewart-Ahn. Como su anterior colaboración, la celebrada Mandy, la historia aparentemente lleva al espectador por una senda (en este caso, una especie de pieza de cámara centrada en las interpretaciones de sus actores) para, al final, desviarse hacia algo complemente distinto (un festival de gore con trazos de ciencia-ficción que resulta muy afín al cine de su director). Cosmatos aseguraba que, cuando se sentó a escribir junto a Stewart-Ahn, su intención era hacer una especie de capítulo de Twilight Zone o de Scooby-Doo, y aunque la estructura con giro final apunta hacia ello (sobre todo, ese último plano que abre la historia hacia una dimensión complemente distinta), la puesta en escena del director logra trascender toda esa sencillez hasta dotar a sus imágenes de un carácter hipnótico, casi surrealista. Un ¿mal? viaje que ya auguran los excesos de estupefacientes alentados por el personaje de Lionel Lassiter (Peter Weller).

El murmullo
No deja de ser lógico que Jennifer Kent se sintiera atraída por esta idea originada por Del Toro, teniendo en cuenta que funciona casi como un complemento de su Babadook: no creo casual, en ese sentido, que haya contado con su misma actriz protagonista, Essie Davis. El resultado es, esta vez con más sentido que Sueños de la casa de la bruja, una historia gótica de fantasmas que se puede entender (igual que la ópera prima de Kent) como una metáfora del proceso de superación del duelo por parte de su personaje principal. La principal diferencia es que aquí la directora australiana utiliza un tempo más pausado y, sobre todo, una gran sobriedad expresiva (esa sequedad recuerda más a su trabajo en The Nightingale) que choca con lo excesivo de la mayoría de los episodios de El gabinete de curiosidades de Guillermo del Toro. Lo que logra que, sin ser brillante, acabe resultando más memorable que la mayor parte del resto de entregas de la serie.

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