Love, Death & Robots: Temp. 2

En esta segunda temporada de Love, Death & Robots, Tim Miller y David Fincher han optado por llevar adelante una temporada mucho más corta –de los 18 capitulos de la anterior, pasamos a solamente 8–. Eso le da al conjunto una sensación más compacta, pero también más mediocre. Si algo caracterizaba la anterior tanda de episodios era que, siendo altamente irregular, sus momentos cumbre eran realmente extraordinarios; en cambio, en este caso quizás no se producen tantos altibajos, pero tampoco se llegan a alcanzar cotas tan altas a nivel artístico.

Quizás tenga algo que ver el hecho de que el guionista principal de la serie, Philip Gelatt, no haya estado especialmente inspirado. O que en esta temporada no hayan participado algunos de los animadores más brillantes de la anterior, como Alberto Mielgo, Víctor Maldonado, Alfredo Torres, Owen Sullivan u Oliver Thomas. Por suerte, en 2022 llegará una nueva tanda de Love, Death & Robots y quizás veamos algo más de variedad (y de brillantez), si bien, para ser justos con la producción, no puede obviarse lo mucho que se agradece que una serie juguetee con los límites de la representación animada, re(in)ventando las actuales costuras del género.

Servicio al cliente automatizado

En la temporada anterior, fueron los españoles Víctor Maldonado y Alfredo Torres los que se encargaron de adaptar a John Scalzi. Esta vez le ha tocado al trío francés Meat Dept, y el resultado, aunque divertido, no es ni mucho menos tan brillante como los episodios de Maldonado/Torres: por un lado, el feísmo propio de sus autores toma demasiado protagonismo tonal; por el otro, el sarcasmo del original se pierde al colocar el centro dramático de la historia en un lugar mucho más anodino.

Hielo

Robert Valley había firmado uno de los mejores episodios de la temporada anterior, Zima Blue. Y aunque es cierto que, a nivel expresivo, vuelve a estar entre lo mejorcito de esta tanda de episodios –atención al brillantísimo dinamismo de sus figuras, así como a la belleza que es capaz de extraer de los paisajes helados–, la adaptación que Gelatt hace aquí del relato original de Rich Larson se deja por el camino una gran parte de las sugerencias (y las consecuencias) familiares del mismo. Sobre todo en lo que respecta a un final muy distinto, y mucho más amargo, que el que vemos en Love, Death & Robots.

Respuesta evolutiva

El debut de Jennifer Yuh Nelson en Love, Death & Robots no es, la verdad, especialmente brillante. Es difícil no ver en su aproximación al microuniverso creado por Paolo Bacigalupi una especie de relectura del universo Blade Runner con ecos, eso sí, de Métal Hurlant –cabe recordar que la serie nació de un fallido intento de hacer una nueva versión del largometraje Heavy Metal–, que no remonta el vuelo porque, de nuevo, el libreto desaprovecha gran parte de la tarea de ambientación del original. La animación de Blur Studio está a la altura de sus anteriores episodios (La ventaja de Sonnie, Trajes y Metamorfosis): es decir, cumple sin resultar brillantísima.

Nieve en el desierto

También vuelven, tras su trabajo en la primera temporada, Léon Bérelle, Dominique Boidin, Rémi Kozyra y Maxime Luère, que reinciden, como hicieron en Más allá de Aquila, en contar una historia de amor en clave de ciencia-ficción –a partir de lo que no deja de ser una variación bastante sugerente de uno de los temas de fondo de Los inmortales: el precio emocional de no morir jamás–. No es que la novela corta de Neal Asher en la que se base el episodio sea precisamente original en su planteamiento, pero desde luego su condensación en 18 minutos de metraje no ayuda a darle entidad a personajes y conflictos.

La hierba alta

Encontramos aquí con la primera (y afortunada) disociación del tono sci-fi de la mayor parte de la temporada. El atmosférico relato de Joe R. Lansdale, adaptado con notable tino por Gelatt, encaja muy bien con la peculiar animación escogida por el director Simon Otto, con una estética de aires pictóricos –los personajes parecen pintados al óleo–, si bien mezclando la pulcritud de lo digital con saltos que le dan un aspecto de stop-motion. Un episodio tan bello como terrorífico, que se diría que funciona como una variante de época (quien sabe si una precuela) de En la hierba alta.

Por toda la casa

¡Ah, el viejo esquema del Papá Noel terrorífico que acosa a unos niños! Tan (re)utilizado, y lo bien que sigue funcionando. La historia de Joachim Heijndermans es sencilla y va al grano, pero aun así le da a Elliot Dear y al estudio de animación Blink Industries la posibilidad de construir una pequeña joyita de 7 minutos con estética, aquí sí, 100% stop-motion. El director se inspira en cineastas como Joe Dante para construir una idealización de lo navideño que se rompe en pedazos merced a una aparición final, terrorífica, desagradable e inquietante.

Cobijo

Como hizo Sony Pictures Imageworks en Afortunados 13, Blur Studio coge el aspecto físico de un actor, en este caso Michael B. Jordan, y lo aplica literalmente sobre el protagonista de esta adaptación de un relato breve, brevísimo, de Harlan Ellison. Alex Beaty hace un buen trabajo generando tensión en el enfrentamiento entre su (anti)héroe, Terence, y el robot de mantenimiento averiado que le acosa sin parar… Pero la pésima decisión (¿de Gelatt?) de dar saltos atrás y adelante en el tiempo le resta intensidad dramática al conjunto, anulando gran parte del impacto del sufrimiento del personaje de Jordan.

El gigante ahogado

Esta vez Tim Miller no ha apostado por mezclar imagen real y animación digital, sino que ha recurrido a esta última para hacerle justicia al planteamiento del relato homónimo de J.G. Ballard. La animación hiperrealista de Blur Studio refleja con notable eficacia la belleza intrínseca de los acontecimientos narrados, si bien hay que reconocer que el guión del propio Miller sustituye algunos de los pasajes más desagradables del original –aquellos que conectaban la historia, de hecho, con el resto de su obra– por un cierto aliento poético que suaviza, y mucho, la carga crítica que aquél tenía detrás. El resultado es, desde luego, defendible, pero mucho menos ácido que si se hubiera mantenido más fiel a Ballard.

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